Por Tomás Neira
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En el corazón del territorio de los Jaguares del Yuruparí se levanta la casa ancestral Makuna, donde la selva se condensa en pensamiento y aliento. Bajo su techo laten los ríos, las voces de los mayores y el murmullo de los árboles que guardan la memoria del mundo. Allí, el conocimiento no se enseña: se respira. El fuego conversa con el humo, el canto guía a los sueños, y la palabra florece como planta de poder. En este centro de sabiduría, la selva piensa, escucha y se recuerda a sí misma.
Fotografía / Photography
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